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lunes, 31 de agosto de 2009

Vacaciones de un postulante: por Pablo Notarios



Llegué a Santiago de Compostela con mi cámara en mano y una guía templaria, dispuesto a realizar todo lo que estuviese a mi alcance para descubrir los pasos y restos de los caballeros templarios en Galicia. Llegar a la catedral es realmente algo que no se puede describir con palabras, porque es una emoción muy fuerte e imponente. Todo en la catedral es hermoso y único. Al poco tiempo de haber llegado me encontré rodeado de imágenes que jamás se escaparán de mis ojos; como fueron los magníficos grabados templarios, los impresionantes sarcófagos, pórticos y dinteles que adornaban su interior. Al salir de la catedral, para mi asombro, descubrí que enfrente se hallaba una capilla cuya fachada era totalmente templaria. Al entrar en su interior descubrí la sencillez y la humildad que profesaba el Temple. Tan sólo se rompió cuando observé los cuadros, sus figuras, pero sobretodo, el inconfundible sello de los caballeros templarios. Fue algo que inundó mi corazón de alegría.

Ya en la oficina de turismo, recabé la información necesaria para continuar. Fue entonces cuando decidí emprender el camino del peregrino desde Santiago hasta Finisterre (fin del mundo) pasando por cada enclave del Temple siguiendo el conocido camino de las estrellas. Cuando estuve listo para partir, ¡cuál no fue mi sorpresa! al invitarme en Bertamirans a ver una feria de antigüedades muy típica del lugar. Sin dudarlo acepté la invitación y al llegar a la feria, entre otras muchas cosas pude obtener toda una colección completa de libros, en total siete, únicos en sí mismos con toda la información de la Orden del Temple en España, pero muy enfocada principalmente en Galicia.

Me noto que estoy más preparado para seguir, pero mi camino se desvía hacia atrás; exactamente hasta Villagarcía de Arousa, dirigiéndome hasta un templo único, según me contaron los lugareños por su extraordinaria arquitectura. Al llegar en su puerta principal me topé con una gigantesca cruz de la Orden del Temple, pero lo que más me impactó fue lo siguiente. Del lado derecho según entras, se encuentra un cementerio templario con más de ocho tumbas totalmente talladas en piedra que se remontan al año 1130. En ellas se observa las figuras de los caballeros con sus armaduras y espadas en las manos. Creo que jamás en mi vida, sentí tanta emoción; ya que el lugar es único y después de tantas centurias me hallaba solo ante sus tumbas que no dejaban de mostrarme su extraordinaria historia. ¡Dios mío, pude registrarlo con mi cámara!

Continúo con mi camino y esta vez me llevan hasta el pueblo de Noia, el cual se encuentra en pleno centro, cuenta con un antiguo cementero, según sus gentes, el cual después de mucho caminar y sudar bajo el fuerte sol, encontré otra capilla cubierta con viejos sarcófagos, todos con caballeros y escudos de todas las órdenes. De nuevo me embargó la emoción y mis ojos no daban crédito. Pero por desgracia el lugar estaba en ruinas y todas las tumbas fueron saqueadas y destruidas. Gentes sin escrúpulos se habían apoderado de aquellas reliquias; incluso una virgen que desde el centro del cementerio protegía al resto de las tumbas, fue robada.

Continúe tomando fotos y mis ojos no paraban de dirigirse de un lado a otro hasta que divisaron a un pequeño hombre de entre cuarenta y cuarenta y cinco años. Se me acercó, me miró fijamente y me preguntó ¿Te gustan los caballeros? Era lógico, portaba encima mi remera, mi pulsera y un collar de los templarios. A lo que respondí afirmativamente. El enigmático hombre continuó con un tono firme diciéndome. Pues acá tienes a un caballero de la orden de los templarios y acto seguido me ofreció su mano como símbolo de amistad. Le felicité cortésmente y le dije que era un honor para mí el poder saludar a un hermano. Me comentó que él estaba solo y que fue iniciado como templario a los dieciséis años de edad, justo antes de que muriese el último padre de la iglesia donde me hallaba. Le fue encomendada la misión de cuidar y mantener en buen estado tanto la iglesia como también el cementerio. El párroco de la iglesia se hizo cargo de él cuando éste era un niño. Lo alimentó y lo cuidó y al dejar de ser un niño tomé el manto de la orden. Acto seguido me enseñó su hermosa medalla de templario que portaba. Continuemos hablando toda la tarde y me comentó que cuando falleció el padre, nadie más regresó por la capilla.

Cuando nos habíamos despedido otra vez volvía a dirigirme a Finisterre, atrás quedó el pueblo de Noia y llego hasta Iria Flavia y Padrón, en los cuales me informan que existen dos templos que posiblemente fueran en su tiempo propiedad de la Orden. Por desgracia no pude llegar en buen horario. Eso sí, pude comprobar muy claramente del paso de los templarios por aquella zona. Sus señales y marcas estaban vigentes como el primer día. Proseguí el camino y llegué a Muros, donde encontré una pequeña capilla medieval en medio del monte. Lejos de todo tiempo y escondida de las carreteras y los vehículos. Se hallaba custodiada por grandes fileras de árboles. Tan sólo pensaba encontrarme con la típica capilla campestre. Cuando accedí a su interior, observé que no habían bancos donde sentarse, tampoco ninguna virgen ni ningún santo. Sólo un pequeño Cristo crucificado cuidaba de los más de dieciocho cofres mortuorios en piedra que se encontraban descansando dentro de la misma. Totalmente en piedra tallados, observé a los caballeros grabados en ellos en un muy buen estado. Eso sí, todos saqueados por bandoleros; llevándose incluso hasta los cuerpos de los difuntos. Sólo quedaban los féretros como vivo recuerdo de quien en algún tiempo descansó en paz.

Continué el camino de las estrellas. Éste tiene aproximadamente entre treinta y cuarenta kilómetros de distancia y claro está las estrellas aparecen grabadas en piedra, apareciendo en muy diversos lugares. Acabé el trayecto de los 94 kilómetros que separan la catedral de Santiago de Finisterre, pensando en el caballero templario que dejé en el término de Noia, cuyas posesiones eran la parroquia, el cementerio y una bicicleta con la que se desplazaba de un lugar a otro. ¡Ah y lo más importante!, también tenía un gran corazón que no se puede pagar con todo el oro del mundo.

Non Nobis.

Pablo Notarios

viernes, 28 de agosto de 2009

Curiosidades: La utilidad de las campanas


Las campanas son un medio de comunicación con un lenguaje propio. Nos indican los oficios religiosos y antiguamente indicaban la llegada del rey, o alarma de incendio o guerra con el toque de arrebato. Todos sabemos al escucharlas si voltean y repican en señal de alegría o si sus tañidos sordos anuncian el toque de difuntos.

Ya en el II milenio a.C. existían en China pero fue el Cristianismo el que difundió su uso colocándolas en lo alto de las torres de sus iglesias: los campanarios, (de ahí su nombre) entorno a los cuales parecen crecer los pueblos. No sólo se usan campanas sino que además éstas pueden agruparse formando carrillones que a partir del XVI interpretan sencillas melodías.

Hay incluso campanas famosas por su significado como la de la libertad en Filadelfia, que se rajó en el alegre repique de independencia o aquellas gigantes como la del Kremlin, en Moscú, fundida en 1733 con 193 toneladas, la de Mingun en Birmania de 88 toneladas, Chonan en Japón con 75 toneladas, la de Pekín con 54 toneladas y la de la catedral de Colonia de 25 toneladas, forman el grupo de las campanas más grandes del mundo.

En la ciudad de Madrid, “las campanadas” más famosas del país, las produce la esfera del reloj de la Puerta del Sol, situado en el antiguo edificio de correos, donde la tradición manda que durante el repicar de cada una de las doce campanadas que emite el reloj en la medianoche del 31 de diciembre (Nochevieja), sean tomadas doce uvas; una por campanada. Esta tradición se ha extendido por todo el país gracias en buena parte a la retransmisión televisiva que se hace cada año en directo.

Existe una tradición muy extendida en la ciudad de Barcelona, según la cual las campanas las "inventó" San Bernardino de Nola, por lo que antiguamente se las llamaba "nolas". San Bernardino -antes de su conversión- era mercader y residía en Barcelona, sintiendo profundamente enraizados sus sentimientos a la vida de la Ciudad Condal. Cuando la fe y la luz del cristianismo le iluminaron quiso dejar un recuerdo en dicha ciudad y le regaló la primera campana que poseyó la Seo barcelonesa. La tradición afirma que ésta todavía se conserva, que es una de las dos que penden del campanario de la capilla de Santa Lucía, Patrona de las gentiles "llucietas" o modistillas. Precisamente, la mencionada campana, cuyo son es distinto al de las demás; sólo deja oír su voz una vez al año: la víspera de la festividad de Santa Lucía (13 de diciembre), bajo cuya advocación, y alrededor de la catedral se agrupan los feriantes de casitas y figuras para los nacimientos de los pesebres, que hacen la felicidad de los niños en las fiestas navideñas.

jueves, 27 de agosto de 2009

La alimentación de los templarios




Todo cuanto se refiere a los alimentos estaba especificado en el Temple. En la regla de todas las órdenes monásticas se incluyen artículos que regulan la forma de comer, el horario e incluso los alimentos que han de tomar los monjes, con los respectivos momentos y días dedicados al ayuno. Por su propia constitución y las normas que en él rigen, un monasterio es un centro para ascetas en el que el lujo y la voracidad solían estar ausentes. La frugalidad es la comida, tanto en la cantidad como en la sofisticación a la hora de elaborar los platos, es norma habitual en los conventos. Ahora bien, los templarios eran soldados, hombres de armas, y por tanto sus cuerpos debían estar suficientemente alimentados para mantener las fuerzas y no desfallecer en el combate; por esa misma razón, el ayuno no se contempla para los miembros de la Orden, pues siempre debían estar preparados para la batalla, salvo los viernes desde Todos los Santos hasta Pascua. Por ello, las comidas que realizaban y la cantidad son distintas a las de las órdenes que se dedicaban sólo al estudio o a la oración.


La regla impone que las comidas se hagan siempre en común, en el comedor del convento y en presencia de todos los hermanos, aunque por turnos y separados según las categorías. Un toque de campana, la bendición y el rezo de un Padrenuestro daban paso a la hora de comer y a la de cenar. En el refectorio, los templarios comían en silencio mientras escuchaban las Sagradas Escrituras leídas por un clérigo desde un púlpito. En el comedor, el maestre, o el comendador en su caso, ocupaba el sitial de honor, y eran los ancianos quienes se sentaban en primer lugar en torno a unas mesas cubiertas con manteles blancos.


Mientras duraban la comida o la cena se imponía el silencio, que sólo se podía alterar, si no se conocían los signos manuales para hacerlo, para pedir “con la máxima humildad” lo que se necesitara de la mesa. Tras la comida daban gracias a Dios. Nadie podía levantarse de la mesa antes de que lo hicieran o dieran permiso el maestre o el comendador.


En los primeros años de la Orden los hermanos comían de dos en dos de la misma escudilla, compartiéndola, pero esa práctica fue modificándose con el tiempo. Cada hermano tenía una copa para el vino, que se servía en raciones iguales para todos. Uno de los castigos más leves era comer en cuclillas.


Los alimentos se consumían con parquedad y mesura. La dieta solía ser equilibrada y variada, pues comían carne tres veces a la semana, además de pescado, verduras y legumbres, que podían ser sustituidos si se consideraba que estaban crudos o estropeados. Los enfermos recibían una dieta especial, pues podían comer carne todos los días salvo los viernes.


Cada templario recibía un ajuar de mesa consistente en una escudilla, dos copas de boca ancha, probablemente una para el agua y otra para el vino, y una cuchara.

miércoles, 26 de agosto de 2009

Curiosidades: Las disciplinas académicas medievales


La Casa del Saber”, ilustrada en una enciclopedia del siglo XVI muestra las relaciones entre las varias disciplinas académicas medievales. En la ilustración podemos observar una división por pisos y que son:

La planta baja y el primer piso imaginan la gramática.

Asomados a las ventanas del segundo piso están de izquierda a derecha; Aristóteles que representa la lógica, Cicerón que simboliza la retórica y la poesía y por último Boecio que alegoriza la aritmética.

En el tercer piso vemos de izquierda a derecha; Pitágoras que encarna la música, Euclides que personaliza la geometría y Ptolomeo que implica la astronomía.

Aparecen después en el cuarto piso de izquierda a derecha; Platón que aparenta la filosofía y Séneca que atribuye la moral.

En la cima encontramos a Pier Lombardo, teólogo italiano del siglo XII, que alude los sumos estudios de teología y metafísica.

En el exterior, cerca de la puerta de entrada, una mujer que se considera inventora del alfabeto romano, conduce al interior a un estudiante pasando una puerta en la que dice “Armonía”.

Es sin duda la Casa del Saber una representación alegórica a la iniciación de los conocimientos, donde los científicos de la época, sabían que todo saber estaba en armonía con el resto y donde se reconocía a la teología y a la metafísica como la culminación final en la evolución de todas las materias.

martes, 25 de agosto de 2009

Los vestidos y el ajuar de los templarios


Todas las órdenes monásticas han puesto en sus respectivas reglas un especial interés en uniformar a sus miembros. La uniformidad es una señal de identificación, pero a la vez, salvo distintivos especiales asignados a los cargos y autoridades, representa el espíritu de igualdad y de hermandad entre los frailes, resaltando así el espíritu de compañerismo que debía regir entre ellos.

Durante los primeros años de la Orden, entre 1120 y 1129, no portaron ningún hábito específico, sino que vistieron con las “ropas seglares” que recibían como limosna. No había por tanto ningún signo distintivo para diferenciar a los templarios de cualquier otro caballero que estuviera en Tierra Santa en aquellos años. Ahora bien, a partir de la regla de 1129-1131 se fijó un estricto equipamiento que cada caballero o sargento debía cumplir so pena de ser castigado por romper la uniformidad.

Era la propia Orden la que suministraba a sus miembros todo cuanto necesitaban, tanto los vestidos y el ajuar de diario como, por supuesto, el equipo militar propio y el de sus monturas.

Todo el equipamiento, sean los vestidos sean los complementos, tenía que ser sencillo y austero, por lo que estaba prohibido cualquier tipo de adorno que supusiera el menor indicio de lujo, como por ejemplo repujados de plata o de un efecto similar; incluso los zapatos tenían que denotar sencillez, y no llevar ni cordones ni estar rematados en punta. Ahora bien, semejante sobriedad no implicaba ni desaliño ni descuido, de modo que, en su simplicidad, los hábitos tenían que estar siempre limpios y sin remiendos.

La uniformidad se aplicaba en función de las categorías a que pertenecían los templarios, porque dentro de cada una de ellas no había distinciones, ni siquiera el maestre disponía de un hábito especial. Las dos principales, caballeros y sargentos, utilizaban los hábitos con colores diferentes.

Los caballeros vestían un hábito y capa o manto blancos, de inspiración cisterciense y en señal de absoluta pureza y castidad, con el único distintivo de la cruz patada roja estampada sobre el hombro izquierdo, privilegio otorgado por el Papa Eugenio III en 1147. Algunos autores han interpretado el uso de este color con la idea de salir de la oscuridad, se entiende que de este mundo, para conciliarse con el Creador, en consonancia con la imagen de caballeros celestiales vestidos de blanco apareciéndose en las batallas.

Los sargentos portaban un hábito y un manto de color marrón, a veces grisáceo o negruzco, con la misma cruz roja. Esos hábitos debían ser sencillos, sin adornos y sin siquiera contener un pedazo de piel.

A cada templario se le proporcionaba dos camisas (una de lino para el verano), dos pares de calzas, dos calzones, un sayón corto cortado en zig-zag, una pelliza, una capa, dos mantos (uno de invierno, forrado de piel de oveja, nunca con pieles preciosas, y otro de verano), una túnica, un cinturón ancho de cuero, dos bonetes (uno de algodón y otro de fieltro), y un ajuar accesorio compuesto por una servilleta, una toalla de aseo, un jergón, dos sábanas, una manta de estameña ligera, una manta gruesa de lana de invierno (blanca, negra o a rayas), un caldero, un cuenco para la cebada del caballo y tres pares de alforjas.

Los vestidos y los elementos del ajuar no eran un regalo, sino un préstamo que el usuario no podía modificar de ninguna manera, salvo permiso del comendador, así como tampoco podía utilizar otras ropas que no fueran las proporcionadas por el hermano pañero. Así los prescribe la regla en siete capítulos (del XX al XXVII), vamos sólo a poner como ejemplo el capítulo XX: De la calidad y forma de las vestimentas, que dice así:

Ordenamos que las vestimentas sean siempre de un color, por ejemplo, blancas o negras, y de un grueso tejido; y otorgamos a todos los caballeros profesos tener hábitos blancos en verano como en invierno, si ello se puede, a fin de que aquellos que han despreciado una vida tenebrosa reconozcan por su vestimenta blanca que una vida luminosa les ha reconciliado con su Creador. ¿Qué significa la blancura, sino la castidad y la integridad? La castidad es la tranquilidad del espíritu y la salud del cuerpo. A menos que alguno de los caballeros no se conserve casto hasta el final, entonces jamás podrá llegar al descanso eterno ni ver a Dios, según el testimonio del apóstol San Pablo: “Guardar la paz con todo el mundo, y la santidad, sin la cual nadie verá al Señor” (Hebr. 12,14). Pero para que esta clase de vestimenta no tenga nada de arrogante y superfluo, ordenamos que todos la tengan de manera que cada uno pueda vestirse y desvestirse, calzarse y descalzarse ellos solos. Los que tengan este oficio, tengan cuidado de que el hábito no sea ni muy largo ni muy corto, sino conforme a la talla de cada uno; que den a los hermanos la cantidad de tejido que haga falta. Cuando tengan nuevos hábitos, que devuelvan los viejos en el acto, para que sean almacenados en el guardarropas, o en otro lugar que el oficial quiera, para servir a los sirvientes de armas y otros sirvientes, y alguna vez a los pobres.