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viernes, 14 de enero de 2011

El comienzo de la Reconquista


Desde la encomienda de Barcelona, siguiendo nuestro propósito de incorporar nuevo material didáctico, esta vez lo hacemos recopilando datos que nos ayudarán a entender mejor, el por qué a finales del siglo XI se sucedieron las Cruzadas.

Pero mucho antes que el Papa Urbano II proclamase la primera cruzada para liberar Tierra Santa de los infieles, tres siglos antes, se venía librando una gran cruzada en tierras de la antigua Hispania, la Reconquista.

Para ello hemos seleccionado un texto del que fuera periodista y locutor, D. Juan Antonio Cebrián, de su libro “La Cruzada del Sur”.

Desde Temple Barcelona deseamos que este nuevo apartado también sea de vuestro interés.

La sublevación de Don Pelayo

El combate resultó atroz, miles de muertos sembraban los campos de batalla cercanos al río Guadalete. En ese lugar invasores musulmanes apoyados por grupos locales desafectos habían batido al cuerpo principal del ejército visigodo dirigido por el propio rey don Rodrigo. Tras la batalla, el valiente don Pelayo, jefe de la guardia personal del Rey, reunió a los hombres que pudo para iniciar una retirada desesperada hacia Toledo, la desguarnecida capital del reino. En el rostro del curtido militar se podía intuir la rabia y la vergüenza provocadas por aquella derrota. Con tan sólo 12.000 efectivos, los árabes vencían a más de 40.000 guerreros godos entre los que se contaba la flor y nata de la aristocracia hispana. A esto se sumaba la traición de Oppas y Sisberto, hermanos del anterior rey Witiza, a los que un confiado Rodrigo había entregado los flancos de su ejército para que posteriormente, en medio de la sorpresa generalizada, se pasaran al enemigo dejando a su suerte al infortunado Rey cuya tropa de confianza tardó muy poco en ser cubierta por lanzas y flechas sarracenas. Corría el 26 de julio del año 711, una fecha que en estos momentos no suponía más que un capítulo en la historia de las guerras, pero que, en adelante, se confirmaría con el fin de tres siglos de influencia visigoda en Hispania. […]

[…] Ahora, con Rodrigo desaparecido y la mayoría del ejército aniquilado, la situación para la Hispania visigoda bordeaba la tragedia. ¿Quién o quiénes asumirían el mando de los godos? ¿Existiría algún notable facultado para iniciar la resistencia? En todo eso, seguramente, reflexionaba Pelayo, sin ni siquiera imaginar que años más tarde él mismo se convertiría en paradigma de la Reconquista.

Los seguidores de Witiza, auténticos instigadores del conflicto, se frotaban las manos especulando sobre si los ocasionales aliados ismaelitas se conformarían tan sólo con un cuantioso botín de guerra, regresando posteriormente a su tierra de origen sin más preguntas. Nada más lejos de la realidad, dado que los musulmanes habían saboreado las bonanzas de una tierra pródiga en vergeles, paisajes fértiles y geografías propicias para el acomodo de un pueblo obligado a la aridez de los desiertos arábigos y norteafricanos. Las mieles de Hispania serían, por tanto, el magno tesoro que los seguidores de Alá pretendían reivindicar.

El general Tariq Ibn Ziyad había obtenido una luminosa victoria sobre aquellos que él consideraba bárbaros infieles. Sus pérdidas se cifraban en unos 3.000 hombres, la mitad de las sufridas por el enemigo. Su señor, Musa Ibn Nusayr, gran gobernador de todo el norte de África, tendría motivos para estar satisfecho. […]

Era tempo de propagar por Europa el mensaje de Mahoma; Hispania sería cabeza de puente para la invasión del viejo continente. […]

[…] Lo cierto es que miles de hispanos vieron con agrado la llegada de los musulmanes; demasiados años de hambrunas, epidemias e impuestos opresivos habían desembocado en una situación caótica que cubría todo el reino visigodo. […] La anulación de gravámenes exagerados […] y la permanencia del derecho a la propiedad privada hicieron que, en casi todos los casos, la ocupación militar de pueblos y ciudades se produjeron sin enfrentamientos. A pesar de esto, muchos se negaron a comulgar con lo impuesto por los nuevos amos de la Península, y se retiraron hacia las zonas norteñas donde lamerían sus heridas esperando devolver el golpe algún día.

Los rebeldes se refugiaron principalmente en núcleos cantábricos y pirenaicos a la espera de escenarios adecuados para la reacción.

La cueva de Covadonga: la zona cero

La historia de don Pelayo es confusa como la de los años en los que le tocó vivir; […] fue elegido jefe de la guardia personal del Rey. Pelayo fue leal a Rodrigo hasta el final, luchó con bravura en Guadalete y escapó a Toledo donde se mantuvo un tiempo hasta la llegada de los musulmanes. De la vieja capital visigoda salió con sus hombres escoltando a Urbano, arzobispo de Toledo, quien custodiaba las sagradas reliquias cristianas, además de otros tesoros eclesiales. La siguiente guarida para los refugiados fueron las montañas burgalesas, y de ahí Pelayo pasó a su tierra natal, donde se estableció a la espera de noticias. La crónica nos habla de un Pelayo creyente y fervoroso, que incluso es capaz de viajar, en compañía de un caballero llamado Ceballos, a Tierra Santa en los tiempos difíciles de las disputas dinásticas; no es de extrañar que sintiera profundo desagrado por la Media Luna y lo que representaba. […]

[…] Pelayo es enviado como rehén a Córdoba para conseguir el pago de impuestos; era costumbre que los emires mantuvieran prisioneros notables provenientes de las provincias sometidas, obligando de esta manera a los vasallos implicados a un regular e impecable pago de tributos. Un año más tarde de su llegada a la flamante capital andalusí. Pelayo consigue burlas a sus captores huyendo en un viaje lleno de peripecias y avatares que le conduce a su querida Asturias.

Su entrada en el territorio asturiano le será de gran provecho al coincidir con una reunión de lugareños celebrada en Cangas de Onís para debatir asuntos de importancia. en esos meses la gente andaba alborotada por la presencia excesiva de musulmanes en la zona. Pelayo se dirige a ellos y les anima a la sublevación, invoca a los ancestros y a sus sentimientos de vida en libertad sin sometimiento a ningún yugo extranjero. […] La facción de Pelayo comienza a ser famosa en los contornos. Lo primero que hacen es negarse a pagar tributo, después algunas escaramuzas militares; de momento nadie es capaz de sofocar aquel minúsculo pero tenaz levantamiento. Preocupado, el gobernador Munuza solicita ayuda al Emir de Córdoba quien acababa de sufrir algún revés guerrero en Septimania. Sus tropas estaban desmoralizadas y se necesitaba con presteza una victoria que enardeciera el ánimo de los soldados de Alá. […]

[…] La columna sarracena que se dirigió a Asturias iba encabezada por Alqama, un lúcido militar experimentado en la guerra y dispuesto a complacer las necesidades del emir cordobés. Cuenta con unos 20.000 hombres de todo punto suficientes para aplastar los gritos de aquellos “300 asnos salvajes” como los denominan los cronistas árabes. Una vez informado de lo que se viene encima, Pelayo opta por la lucha de guerrillas replegando a sus hombres hacia las montañas, evitando de ese modo, el desigual combate en campo abierto. En las estribaciones del gran macizo de los picos de Europa se encontraba el monte Auseva y en él una oquedad denominada por la leyenda “la Cova Dominica”, futura Covadonga, sitio ideal donde se ocultaban buena parte de los rebeldes astures. La cueva consagrada a la Virgen María se presentaba como lugar propicio para las operaciones de los belicosos montañeses. […] Todo estaba dispuesto para la emboscada. ¿Serían capaces aquellos bravos astures de resistir a los bien organizados mahometanos? […]

[…] La refriega se produjo presumiblemente en el mes de mayo de 722. Alqma ordenó a sus hombres que se internaran por los desfiladeros cercanos a la Cova Dominica; de inmediato, recibieron una lluvia de piedras y flechas procedentes de los altos dominados por los violentos astures. Los musulmanes intentaron replicar entonces, con saetas y proyectiles lanzados por ondas. Pero todo fue inútil ante la supremacía que los montañeses ejercían sobre un terreno que conocían como la palma de su mano.

El ejército moro sufrió numerosas bajas en los primeros minutos de la lucha; eso, unido a lo complicado de la situación pues eran muchos hombres para maniobrar en el angosto terreno, hizo que Alqama dudara sobre la efectividad de su ataque. La incertidumbre mahometana fue aprovechada por don Pelayo que salió con todo lo que tenía de la Cova Dominica. Sus hombres se abalanzaron sobre los sorprendidos musulmanes provocando una terrible masacre entre ellos. El propio Alqama murió en el choque, los demás iniciaron una estrepitosa huida por aquellos montes hostiles. […]

Las noticias de Covadonga llegaron a Gijón donde se encontraba el desolado Munuza quien optó por abandonar la ciudad, dirigiendo sus tropas bereberes hacia León. Sin embargo, el contingente fue interceptado por los cristianos, matando a muchos musulmanes incluido el propio Munuza. Los supervivientes se refugiaron en la plaza fuerte de León, localidad amurallada y bien pertrechada. Don Pelayo, crecido por la reciente victoria, bajó a Cangas de Onís dispuesto a recibir los vítores de sus paisanos. En poco tiempo, vio orgulloso cómo miles de voluntarios se sumaban a su ejército; gentes de toda condición llegadas de Galicia, Cantabria, Vizcaya, etc…, además de los propios astures, integraron la primera hueste de la Reconquista.

Con 8.000 infantes y 150 caballos, don Pelayo salió de Cangas dispuesto a tomar León, empresa que hoy en día es difícil precisar si se consiguió o no, aunque, según parece, ese mérito deberíamos atribuírselo a don Alfonso, yerno de don Pelayo, hijo del duque don Pedro de Cantabria y futuro rey de Asturias. El bravo don Pelayo, convertido en héroe de los cristianos, dedicó el resto de su mandato a organizar el incipiente reino. Durante años consolidó las fronteras de Asturias desde su capital, establecida en Cangas de Onís. Se casó con Gaudiosa con la que tuvo dos hijos: Ermenesinda, futura esposa de Alfonso I, y Favila, quien le sucedió tras su muerte por enfermedad en el año 737.

El primer héroe de la Reconquista española fue enterrado junto a su mujer en la iglesia de Santa Eulalia de Abamia, próxima a Covadonga, aunque más tarde sus restos reposarían en la propia cueva que le vio nacer como mito.

Tuviera el combate de Covadonga mayor o menor magnitud, lo cierto es que sirvió para emprender la lucha entre dos conceptos diferentes de entender la existencia. Desde entonces, cristianos y moros litigarían por el territorio hispano durante casi 800 años, jalonados por más de cuarenta batallas, innumerables avances y retrocesos, convivencia, mestizaje, encuentros y diferencias. Pelayo fue la primera llama de un incendio que acabaría en 1492 con la toma de Granada.

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