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viernes, 11 de febrero de 2011

Conociendo a Jesucristo: la tentación


Desde la encomienda de Barcelona, volvemos nuevamente al apartado dedicado a conocer mejor a la figura de Nuestro Señor Jesucristo. Esta vez y gracias al teólogo protestante J.R. Porter, analiza las distintas tentaciones que Jesús tuvo y que éstas fueron explicadas por los evangelistas.

Del libro creado por este genuino teólogo cuyo nombre es “Jesus Christ”, hemos extraído el siguiente texto que queremos compartir con todos vosotros.

Desde este humilde rincón, deseamos que su lectura os atraiga todavía más hacia el Mesías del mundo.

Escena de Satanás tentando a Jesús, por William Blake.

Los tres evangelios sinópticos son testimonio de la tradición que dice que inmediatamente después de su bautismo Jesús se adentró en el desierto, donde el diablo le tentó, es decir, se le puso a prueba para ver si podía ser inducido a utilizar mal sus poderes (Mc 1, 12-13; Mt 4, 1-11 y Lc 4, 1-13). Tal y como ocurre frecuentemente en la Biblia, una prueba de este tipo se considera parte del plan divino: Jesús es inducido o incluso conducido al encuentro con Satanás por el Espíritu Santo que recibió en su bautismo. Muchas autoridades han intentado sugerir lo que esto significó para Jesús, bien una experiencia personal o bien una inspiración religiosa, pero el Nuevo Testamento no aporta información real sobre el tema. Los evangelios contienen dos interpretaciones del episodio, por una parte en Marcos y por otro lado en Mateo y Lucas.

Mateo y Lucas presentan un diálogo entre Jesús y su adversario en tres escenarios. En cada escenario Jesús rechaza al diablo citando un versículo de la escritura en la forma típicamente rabínica. Cada tentación representa un tema de importancia para el ministerio de Jesús. El primero, que Jesús tiene que convertir piedras en pan para comer, es rechazado basándose en que “uno no vive sólo de pan, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios” (Mt 4, 4).

Seguidamente, el demonio llevó volando a Jesús hasta el “pináculo” (el punto más alto) del Templo y le sugirió que si saltaba, con toda seguridad Dios le enviaría un ángel para evitar que se estrellara contra el suelo. En su arresto en el jardín de Getsemaní, Jesús diría que su Padre celestial, si se lo pidiera, enviaría en un momento legiones de ángeles para frustrar las intenciones de sus captores (Mt 26, 53).

Por último, Satanás ofreció a Jesús el dominio sobre “los reinos de la Tierra”, es decir, la jefatura suprema secular como la de un emperador romano. Pero en los evangelios jesús enseñaba que él no estaba aquí para gobernar a la manera de los gobernantes gentiles: “mi reino no es de este mundo” (Jn 18, 36). Jesús está en el mundo como siervo de Dios, y sus seguidores deben hacer lo mismo (Mt 4, 10).

En general, se sostiene que el orden de las tentaciones en Mateo es el original, con el ofrecimiento del dominio del mundo como un clímax evidente. El cambio de orden de las dos últimas tentaciones en Lucas le permite acabar con la insinuación de la pasión y muerte de Jesús, el clímax de su vida terrenal. Al final, Satanás se va “durante un tiempo prudencial”. Reaparece nuevamente sólo para entrar en Judas Iscariote (Lc 22, 3) y de esta manera propicia la detención y Crucifixión de Jesús.

La tentación en el Evangelio según San Marcos

El relato de Marcos de la Tentación (1, 12-13) es breve y enigmático. El Espíritu “impelió” a Jesús al desierto durante cuarenta días y allí fue “tentado por Satanás” y vivió “con las fieras” mientras “los ángeles velaban por él”.

Las dos posibles interpretaciones dependen del simbolismo dual del desierto en la Biblia. Por un lado, con frecuencia el desierto es un lugar estéril e inhóspito, la guarida de poderes demoníacos. A menudo, las bestias salvajes representan a fuerzas demoníacas y a las personas malas que agreden a los justos. Así pues, al adentrarse en el desierto Jesús se expone al ataque de los poderes satánicos, y los ángeles deben entenderse como una ayuda para él en este conflicto (en Mt 4, 11 los ángeles parecen abastecer a Jesús con sustento sólo después de su enfrentamiento, probablemente evocando la provisión de alimentos para Elías en 1 Re 19,4).

Sin embargo, el desierto puede aparecer bajo un punto de vista positivo. Los cuarenta años que el pueblo de Israel pasó en el desierto pueden considerarse como un tiempo en que la nación disfrutó de una relación ideal con Dios, la cual después decayó, y en el desierto debía restaurarse la relación. Marcos pudo haber dicho que Jesús vivió en armonía con los animales salvajes en alusión a la bella descripción de Isaías de la era mesiánica (Is 11, 6-9).

Asimismo, el Evangelio podría estar insinuando la restitución del Edén, donde Adán vivió en paz en coexistencia con los animales y donde, según algunos textos judíos, los ángeles velaban a Eva y él. En la época de Jesús, la serpiente del Génesis 3 se identificaba frecuentemente con Satanás. Así pues, Marcos podría ver a Jesús como un segundo Adán que repararía el error de Adán y recuperaría el paraíso.

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